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Agustín de Bethencourt, el Leonardo canario

En el cementerio luterano de Smolenski, en San Petersburgo, una tumba situada a la entrada llama la atención de los visitantes. Es distinta a todas las demás, tanto por su altura como por su sobriedad. El pequeño epitafio recuerda que se trata de una sepultura dedicada por unos compañeros a su amigo y profesor: ‘Augustin Augustinovich Betancur, nacido en las Islas Canarias’, como reza el latín del mármol. Es la tumba del ingeniero canario Agustín de Bethencourt, notable inventor que estuvo al servicio de Carlos IV pero que, por azares del destino, acabó sus días en la corte de otro monarca, el zar de Rusia. Desconocido en su tierra, Bethencourt pasa por ser la figura que asentó en el siglo XIX las bases de la ingeniería civil en la Unión Soviética. Algo de lo que más tarde se aprovecharía la Revolución. Agustín de Bethencourt fue el Leonardo canario.

La trayectoria vital de Agustín de Bethencourt, si pudiera compararse, ensombrecería la de cualquiera de los mejores literatos canarios por lo prolífica y la calidad de sus obras, y la actividad pública de un León y Castillo, por las privilegiadas relaciones que mantuvo con las figuras políticas más relevantes de su tiempo. Su defecto fue ser ingeniero y preocuparse únicamente por su trabajo. Bethencourt, que consiguió encaramarse en la cima de las administraciones española y rusa, no dejó constancia alguna de sus vicisitudes y de los hechos históricos que él mismo presenció, sólo una montaña de planos, detalles de inventos, tratados e informes sobre los caminos y canales de España y Rusia.

Imagen de Agustín de Bethencourt

Agustín de Bethencourt

Bethencourt nació en el Puerto de la Cruz en 1758 en una familia entroncada con el Jean de Bethencourt y con los Lugo de la Conquista. Su padre, era un teniente coronel de milicias que intuyó en su hijo un gran futuro como técnico. Sin contar todavía con veinte años, Agustín de Bethencourt había inventado él solo una máquina para hilado. Ese aparato y los consejos de algunos miembros de la Sociedad Económica de Amigos de La Laguna, fueron suficientes para que su padre lo enviara a estudiar a la Academia Real de Estudios de San Isidro, donde tenia un pariente, José de Gálvez, el mismo que había expulsado a los jesuitas de España diez años antes. Como hijo de nobles, las cosas le fueron fáciles. No tuvo problemas para colocarse tras concluir los estudios. Con 22 años, ingresó en el Ministerio de Indias. Una institución que le encomendó la misión de valorar la situación de las minas de mercurio de Almadén. Aquel informe, elogiado por sus contemporáneos, le valió subir en el escalafón del Ministerio, obteniendo como premio un viaje para ampliar estudios en París.

En esa época, en las grandes ciudades de Europa triunfaba el maquinismo guiado por las doctrinas de la Ilustración que encumbraron a la razón y al progreso científico. Ambos se habían convertido en medios imprescindibles para alcanzar el desarrollo económico. Y aquel París de 1787 era una meca de la ciencia. Allí, Bethencourt no sólo entra en contacto con las primeras figuras de la ciencia, sino que estudia con vivo interés el funcionamiento de las primeras ‘máquinas de fuego’ como se llamaba entonces a las de vapor.Pero no contento con ello, viajó a Londres al año siguiente donde Watt, cuatro años antes, había aplicado satisfactoriamente su máquina de vapor.

En realidad, los ingleses no le dejaron ver aquel aparato, sólo se lo presentaron a Bethencourt detrás de una pantalla y en reposo por miedo a que copiara el invento. Tampoco hizo falta más. De vuelta a Paris, el ingenio de. Bethencourt no sólo dedujo su funcionamiento, sino que la mejoró. Aquella máquina de vapor fue la primera de la serie que le llevaría años después a la invención de la de doble acción, un artilugio que rendía de forma considerable en comparación con el resto de aparatos de la época.

Más tarde, en 1797, ya con más experiencia, Bethencourt volvería a Londres, donde se casaría con Ana Jourdan, su mujer. Pero en ese año se ponía sitio al Peñón de Gibraltar y España se convertía en enemiga de Inglaterra. Bethencourt pasó a ser en Londres de un curioso de la mecánica británica a ser visto como un enemigo y espía de la técnica del país. Nunca más volvió. En España, mientras tanto, lo reclamaba Carlos IV como director del Real Gabinete de Máquinas. Ese rey, que también lo tuvo de asesor, lo hizo caballero de la Orden de Santiago, trámite fundamental que debía seguir todo noble de la época para escalar puestos en la Administración. Ya en España, acometió una frenética labor de planificación y desarrollo de proyectos. Los canales y los puertos, en esta era de descubrimientos, eran también fundamentales bajo las doctrinas del mercantilismo. Ambos cobraron una importancia que no habían tenido siglos atrás.

Libro de Agustín de Bethencourt

Ensayo sobre máquinas de Bethencourt

Bethencourt trabajó en la limpieza del Canal de Aragón, las ampliaciones del de Castilla y el drenaje del puerto de Valencia, además de la aplicación práctica de la veintena larga de inventos que desarrolló en la década de 1790, principalmente para poner solución a los problemas técnicos que iban surgiendo en los grandes proyectos. Así, para poder limpiar el Canal de Aragón de plantas acuáticas inventó una segadora y para drenar el puerto valenciano una pala mecánica múltiple de vapor, más perfeccionada que las contemporáneas británicas que había visto operar en el Támesis. Su curiosidad se orientaba a poner en práctica algunos experimentos que habían desarrollado sus colegas franceses, británicos o suizos con los que mantenía una creciente correspondencia. De este modo, en 1787 asombra a la Corte con un aparato capaz de transmitir las palabras por impulsos eléctricos, un primitivo telégrafo que puso en comunicación Madrid con Aranjuez. Aquel descubrimiento, al que nadie hizo caso, a la larga le iba a costar caro. En 1802, por sus servicios, es inspector general de Fuentes y Caminos e intendente de Carlos IV, el equivalente a un secretario de Estado actual. Pero en 1807 todo se tuerce.

El principio del fin

En ese año Godoy, valido del rey Carlos IV, se convierte en el hombre fuerte del régimen. Bethencourt apenas puede desarrollar los proyectos de su departamento, porque el dinero de las arcas es derrochado por la camarilla del primer ministro. Para colmo en 1808 las tropas de Napoleón en Madrid destruyen a cañonazos el Palacio del Buen Retiro, la sede del Departamento de Puentes y Caminos. Gran parte de las maquetas y proyectos se destruyen. Pero aquí no acaba todo. Los denominados ‘afrancesados’, hombres de la cultura y de la ciencia favorables al progreso que se habían manifestado a favor de las ideas del invasor, empiezan a ser perseguidos, Bethencourt, quiera o no, es uno de ellos.

Hacía algún tiempo la Inquisición lo había acusado de herejía y tenía pendiente un proceso, todo, porque se le acusaba de hacer brujería con la electricidad “por enviar palabras con la velocidad del rayo” en aquellos experimentos con su telégrafo. El cerco sobre su persona se estaba cerrando. Bethencourt pensó en huir a Francia, pero en 1808 España estaba en guerra con Napoleón. Esta circunstancia fue decisiva para su trayectoria posterior. Puesto en contacto con el embajador de Rusia en Madrid, aceptó una propuesta de las autoridades de aquel país para para trabajar allí como ingeniero jefe. No se lo pensó dos veces.

El sueño ruso

Rusia era y es el sueño de los ingenieros. Atrasado y potencialmente virgen de todo tipo de infraestructuras públicas, el desarrollo del país pasaba por canalizar el agua, hacer presas. abrir carreteras en las vastas planicies o crear almacenes para guardar las cosechas.Todo parecía estar por hacer. El ingeniero canario se entrevistó con el zar Alejandro I en Tilsit, justo antes de la famosa reunión del monarca con Napoleón. Y allí, en ese lugar y en ese momento de la historia de Europa, llegaron a un acuerdo. Agustín de Bethencourt, al que los rusos llamaban Augustin Augustinovich, unas veces Betancur y otras Petankur, entró en 1807 a dirigir el Departamento de Vías de Comunicación, además de ser adjunto al séquito del zar con un sueldo de 60.000 rublos y el grado de teniente general del Ejército Imperial. Más que mucho. Pero sólo a simple vista, porque la realidad era otra bien distinta.

El Departamento de Vías de Comunicación estaba organizado de forma caótica, por lo que resultaba totalmente inoperante. Además lo dirigía un grupo de generales que superaban de media los cuarenta años de servicio. No sólo desconocían su oficio -como reconocería el propio Bethencourt más tarde- sino que además no podían ocultar su indignación al ser mandados por un extranjero. El trabajo del ingeniero canario se vio permanentemente entorpecido por las rivalidades y los privilegios de la nobleza y la milicia rusa. Así ocurrió cuando a semejanza de lo que sucedía en España quiso crear el cuerpo de ingenieros civiles con su correspondiente escuela, sobre todo para nutrir de personal cualificado cada uno de los proyectos que acometía su departamento.

Chocó con las clases favorecidas cuando en las bases que él mismo redactó prefirió la cualificación individual de los aspirantes al origen familiar -y todo en un hombre procedente de la nobleza- y volvió a enfrentarse con ellos en el momento en que trazó el proyecto de conducción de las aguas de los canales que unían el Caspio con el Báltico o cuando se propuso reconstruir los puentes y caminos abandonados de la estepa rusa. Le acusaron de pedir y despilfarrar presupuestos millonarios para aquellos canales y más tarde, en 1816, hacer lo mismo en la reconstrucción de San Petersburgo, cuya catedral de San Isaac le había sido especialmente encargada por el zar como jefe de obra. En aquellos días. Bethencourt compaginaba el diseño de fuentes y parques con las obras del Teatro Bolshoi.

Sacar a Rusia del atraso como había querido Pedro El Grande costaba dinero, tanto corno mantener los caminos del país siempre asediados y torturados por las inclemencias del tiempo. Bethencourt sin saberlo se enfrentaba a la nobleza en cada una de sus acciones. Un caso revelador fue el momento en el que quiso aplicar las máquinas de vapor a la confección de billetes de banco.

Cúpula de San Isaac

Proyecto de la cúpula de San Isaac

En Rusia, circulaba una ingente cantidad de billetes procedentes de falsificaciones que se veían facilitadas por la sencillez del sistema de impresión del papel moneda. Tal era el grado de corrupción, que desde los campesinos hasta los validos del zar todos confeccionaban sus billetes falsos. La nueva maquinaria ponía fin a esos beneficios. El ingeniero se empeñaba en convencer, contra viento y marea, que la medida recuperaría el depreciado valor del dinero. Trajo el agua y mejoró el ambiente insalubre de Kazán, diseñó andamios y excavadoras para San Isaac, construyó los primeros puentes fijos de Rusia, cavó el puerto militar de Kronstadt y, a pesar de ello, cavó también su propia tumba.

En 1820, se le encomienda un viaje de inspección por Georgia para supervisar el estado de las obras públicas. Su ausencia de San Petersburgo es aprovechada por sus enemigos par conspirar contra él. A su vuelta, se le acusa de malversación de fondos en el departamento. En realidad, el causante de los despilfarros y del descontrol era un tío del zar responsable de un área de proyectos. Su proximidad a la casa real, lo hacía intocable, por lo que Bethencourt, que tantos ánimos le había soliviantado a lo que había que unir su condición de extranjero, fue la cabeza de turco. Después de soportar muchas humillaciones, algunas de ellas provenientes del propio zar, al que algunos historiadores califican de inestable de carácter- dimite de todos sus cargos en 1823. Amargado muere en San Petersburgo al año siguiente. Olvidado.

La obra faraónica de Bethencourt

Sello conmemorativo ruso

Sello conmemorativo ruso

La obra más importante que acometió Bethencourt en Rusia fue, sin duda, la reparación y la ampliación de los canales de comunicación que comunican el Mar Caspio con el Mar Blanco. Una obra que supuso más de 2.000 kilómetros de vías y esclusas a lo largo de la estepa y que hoy sigue siendo una de las vías más importantes de Rusia. Las obras habían comenzado en 1711 bajo el reinado de Pedro El Grande, que soñaba con abrir sus puertos al comercio. Sin embargo, después de 1750, los canales fueron deteriorándose hasta convertirse en totalmente inútiles. Hacia 1807, cuando llegó el ingeniero canario al país, casi 3.000 gabarras se habían quedado bloqueadas ese año con su cargamento sin poder salir del laberinto de canales y el agua se vendía públicamente, con lo que bajaba el nivel muy por debajo de lo tolerable. Cuando Bethencourt propuso construir esclusas y abrir nuevos canales gracias a la incorporación de las dragas de vapor que había inventado, fue recibido con desprecio entre sus colegas rusos, en su mayor parte nobles cuyas familias se beneficiaban desde hacía décadas con el comercio del agua.

Inventor de ingenio

Agustín de Behencourt dedicó más de la mitad de su vida a una de sus pasiones: los inventos. Hasta que las ocupaciones en el Departamento de Vías de Comunicación le privaron de tiempo, se lanzó a dar solución práctica a los pequeños problemas técnicos que iban surgiendo en los grandes proyectos que acometía. Algunas veces, se trataba de perfeccionar máquinas existentes, pero otras, su audacia daba soluciones originales a los mismos planteamientos técnicos. Éstos son, por orden cronológico, algunas de sus creaciones más sobresalientes:

– 1785. Segadora de algas. Draga manual.

– 1787. Invención de un telégrafo rudimentario.

– 1788. Máquina de vapor con movimiento rectilíneo, primera para uso industrial en Francia.

– 1789. Sistema de refrigeración. Instrumentos para analizar las propiedades del vapor de alcohol.

– 1790-1792. Horno mejorado para extraer betún de hulla. Aparato para blanquear la seda. Máquina de vapor de doble acción. Cinco tipos de bombas de achique movidas por el agua y el viento. Telar para cintas. Tornos utilizados en trabajos de cuero. Planeamiento de la noción de par. Telégrafo óptico mejorado.

– 1793. Aparato para dibujar paisajes y objetos.

– 1809. Draga de vapor mejorada (de rosario).

Tumba de Agustín de Bethencourt en San Petersburgo

Tumba de Agustín de Bethencourt en San Petersburgo

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